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UNA VISITA DE INCÓGNITO AL MUSEO DE LA EVOLUCIÓN HUMANA DE BURGOS

Desde antes de inaugurar el museo de la Evolución Humana de Burgos me propuse visitarlo cuando hubiera transcurrido un tiempo suficiente para poder opinar de forma objetiva. Durante su construcción fueron tantas las críticas negativas que me llegaron, algunas incluso anónimamente, con el fin de que las publicara en la Red Social, que opté por dar un voto de confianza al proyecto y muy especialmente a la ciudad de Burgos, que bien se merece el esperado tirón turístico de los visitantes, renunciando a muy jugosos titulares amarillistas que a buen seguro habrían aumentado la Audiencia de la Red en paralelo a su impopularidad

Así pues, archivé todas las críticas e informaciones bienintencionadas recibidas y esperé a hacerme mi propia opinión cuando el Museo estuviera funcionando en “velocidad de crucero” superados los clásicos problemas del arranque

Otra cosa que tenía bastante clara era que haría mi visita como todo el mundo, es decir, obteniendo mi entrada como cualquier hijo de vecino y sin ningún tratamiento VIP, que es algo que tiene muy bien desarrollado el “Sistema Atapuerca”. Para disfrutar más de la visita y de paso, contrastar mis impresiones, fui acompañado de unos cuantos buenos amigos, ninguno de ellos conocedor de mi faceta de Editor de la Red Social de Amigos de Atapuerca.

También he dejado reposar mis impresiones más de un mes desde mi visita, fundamentalmente por respeto a lo que para mí significan los descubrimientos de Atapuerca y la importancia de que los restos fósiles se guarden lo más cerca posible del yacimiento. Es la mejor manera de preservar nuestro Patrimonio Cultural y simultáneamente beneficiar a los vecinos, que en buena lógica han de ser los más identificados con su historia.

Con todas estas aclaraciones previas, mi resumen es que: Se ha perdido una gran oportunidad de hacer un Museo de la Evolución Humana, para hacer otra cosa, tal vez un Museo Moderno de la Humanidad, que circunstancialmente trata de antropología y algo de Atapuerca.

No quiero desautorizar el proyecto museográfico -si es que existe- , ni se manifiesta mucho ni logra convencer. Tampoco quiero decir que no valga la pena visitar el Museo, todo lo contrario, posiblemente sea el mejor museo de Burgos y el impacto visual y la grandiosidad del edificio justifican la visita. Eso sí, lo que ves, es lo que es y no hay más: varios guías (lo mejor del museo, sin duda) nos comentaron que la vista de la ciudad de Burgos desde la planta alta del museo era espectacular. Ni preguntando encontré esa planta alta ni la escalera al exterior que permitiera llegar a la vista prometida. Desde la última planta (la 2) se ve el interior del imponente edificio y su enorme espacio vacío (uno de los muchos caprichos del arquitecto), pero es muy complicado intentar ver algo del exterior, especialmente por los cristales y por la estructura exterior portante en forma de aspas.

Renunciando a ver el paisaje, centrémonos en el interior: Como ya he dicho, el museo es un enorme edificio singular con un gran hueco vacío, que se autodefine como un espacio “mágico y diáfano”, es decir, las 3 plantas superiores (0, 1 y 2) ocupan la mitad de la superficie de cada planta dando como resultado que el 50% del volumen interior del edificio está sin ocupar, dejando una vista hacia la planta inferior (-1) en la que podemos ver unas terrazas que recrean la vegetación y el paisaje de la Sierra de Atapuerca. Esa recreación del paisaje, hecha con plantas secas y/o artificiales es una de las primeras decepciones de la visita.

Cierto es que los paneles explicativos son más que buenos, son muy buenos y que el personal del museo es todavía mejor, además de simpático y paciente. (pude comprobarlo con unos niños insoportables y con unos adultos recalcitrantes que yo habría puesto en su sitio y a los que supieron reconducir con amabilidad), pero a un Museo se va a ver su contenido y si el contenido “engancha”, se pasa a leer los paneles. El “continente” ha de ser proporcional al contenido y ayudar, por derivada, a trasmitir el mensaje museístico. Es el caso de los Museos con edificios singulares, como el Museo del Hombre en París, el museo Oceanográfico de Mónaco, el Guggenheim de Bilbao o tantos otros.

La imagen que se deriva de este magnífico edificio es confusa: su arquitecto, D. Juan Navarro Baldeweg, ha dejado en él su “huella genital” como suele practicar habitualmente: Si un buen observador visita este edificio comprobará que en él no hay ningún ángulo recto de 90º; desconozco la justificación de semejante genialidad, pero esta sinrazón debe haber encarecido significativamente el coste de la construcción, de los pavimentos, del mobiliario, de las vitrinas y hasta de la rotulación, que se ve obligada a mantener ese imperceptible descuadre de muy pocos grados. Imagino que ese pequeño ángulo debe ser la única relación existente entre este edificio, más apto para Sala de Exposiciones o Museo de Escultura, y los yacimientos de Atapuerca. Por lo menos debería explicarse en algún panel, aunque sólo fuera por justificar el derroche.

En cuanto al itinerario de la visita, precisa de algún reajuste: se empieza visitando la planta sótano (-1), en la que está la exposición temporal, el auditorio y los fósiles originales expuestos. Es la planta dedicada al yacimiento de Atapuerca. Se origina un atasco en la entrada por la visita a esta planta que es la que todo el mundo viene a ver.

La selección de fósiles expuesta al público es buena, pero excesivamente reducida para tratarse del yacimiento con mayor registro fósil del mundo. Demasiado panel y poca interacción.

En la media planta superior (planta Cero), se hace un homenaje a Darwin con una recreación del barco Beagle en el que hizo su viaje por el mundo y en el que se inspiró para elaborar su teoría de la Evolución. Es bonito y ocupa un espacio y un tiempo de la visita, aunque su presencia (la del barco) no se justifica demasiado.

En el espacio adyacente al barco está una colección de paneles, denominada: “El ser humano, bricolaje evolutivo”, el mejor resumen de la Evolución Humana que se puede expresar en paneles y con diferencia, el mejor contenido didáctico del Museo. Lástima que haya que (casi) ser Licenciado en Biología para apreciarlo y que no se encuentre en un lugar preferente.

En la misma planta hay unas reproducciones a escala natural de los homínidos más populares. Se trata de un magnífico trabajo de Elisabeth Daynès, otra de las joyas del museo.

Algo que me cuesta mucho más entender y que tampoco habrá sido barato es la instalación artística que sobre el cerebro humano ha realizada el pintor-escultor de arte moderno Rafael Canogar, académico de San Fernando y miembro del grupo El Paso. Este lío de media tonelada de cables asemejando un cerebro humano está más cerca de ser una obra de arte abstracto que una obra didáctica. Sin restarle ningún valor artístico a la instalación, no sé lo que pinta en el Museo de la Evolución Humana, aparte de ocupar un espacio muy valioso y tentar a todos los niños a “tirar del cable”, lo cual ya se ve que hacen. Se supone que algo tiene que ver con un homenaje a Ramón y Cajal, hombre pragmático a carta cabal a quien no le habría gustado este desatino.

La siguiente planta, la 1, sencillamente sobra; si no fuera porque el ovoide dedicado al descubrimiento del fuego tampoco ha debido salir barato, parecería que el Museo se quedó sin presupuesto para rellenarlo y está a la espera de hacerlo, o tal vez por esa misma razón el ovoide no acaba de encajar.

Por último, la última planta, la de las “bonitas vistas panorámicas”, tiene una sala de proyección de videos que merece un análisis detallado: Por alguna razón, tan inexplicable como tantas otras incógnitas museísticas de las que adolece este museo, la proyección se hace sobre el lado largo de una sala sin asientos y, para que el paso del público no produzca sombras, la imagen está retroproyectada, es decir, el espacio útil de la sala queda reducido a la mitad, algo que no importa pues ya hemos visto que nos sobra. Lo que ocurre es que la imagen nos la encontramos a la derecha del paso del público que avanza por la sala, (a estas alturas de la visita lo normal es que la gente, agotada, se siente en el suelo en mitad del paso, provocando alguna que otra patada y caída) desde la puerta de entrada hacia la de salida al otro lado. Con ser chocante, esto no es lo más divertido: En esa sala se proyectan unos excelentes documentales sobre tres ecosistemas esenciales: la selva tropical, la sabana y la tundra-taiga. Cada documental tiene unos dos minutos de duración y se repiten ininterrumpidamente. Durante la proyección unos grandes, muy grandes, calefactores y climatizadores intentan reproducir también el clima de la selva, de la sabana y de la tundra, alternando la emisión de calor con la de frío, con el resultado de que, dada la corta duración de los documentales apenas se puede percibir el “efecto clima”, pero eso sí, uno puede salir perjudicado de la proyección y directo al WC, que afortunadamente, está justo en la puerta de salida.

En esa planta está, en mi opinión, lo más interesante y útil del Museo de Burgos: La librería de la tienda, explotada por una librería local que ha sabido hacer la mejor y más completa selección de los libros y vídeos que cualquier interesado en la Antropología debe conocer, ya sea como aficionado o como investigador. Sinceramente, quedé muy gratamente impresionado por el buen criterio de selección de su oferta y por su amplitud. Incluso tienen libros que cuesta mucho conseguir en librerías especializadas. Nada que ver con la tienda de regalos de la planta baja.

 

Mi conclusión final, es que por supuesto, el Museo se merece una visita y, como en todas las visitas a Museos, formarse su propia opinión a través del recorrido.

Esta visita al Museo de la Evolución Humana de Burgos estuvo coordinada con otra visita a los yacimientos, que por su calidad y por su calidez, merece un artículo aparte.

 

Visitas: 334

Comentario por Eduardo Cerdá Romero en junio7, AM a las 12:33am
Estoy deseando leerlo.

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